1° de Mayo: una mirada desde los derechos de la niñez

 

Desde 1889 el  1° de mayo se celebra el Día Internacional de los Trabajadores. Los orígenes de esta celebración se encuentran en Chicago,  el 1º de mayo de 1886. Aquel día comenzó una huelga en reclamo de la jornada de 8 horas que terminó con la ejecución de un  grupo de sindicalistas, bautizados posteriormente como los Mártires de Chicago. A partir de 1889 desde las propias organizaciones sindicales se estableció el 1° de mayo como el Día del Trabajador.

 

Es un día de reflexión y de reivindicación de los derechos del conjunto de los trabajadores.

 

El mundo del trabajo es parte del mundo adulto y cuando hablamos de derechos de los trabajadores nos cuesta visibilizar la relación con los derechos de niños, niñas y adolescentes.

 

Sin embargo, se estima que los niños y niñas que trabajan en América Latina no son menos de 15 millones (OIT), la mitad de ellos tienen entre 6 y 14 años de edad. Uno de cada cinco niños latinoamericanos es un niño trabajador. Los niños y niñas que trabajan en la región son el 5% de la población económicamente activa.

 

El concepto de trabajo infantil se refiere a los niños que trabajan en contravención de las normas de la OIT que aparecen en las Convenciones 138 y 182. Esto incluye a todos los niños menores de 12 años que trabajan en cualquier actividad económica, así como a los que tienen de 12 a 17 años y trabajan en actividades peligrosas, ya sea por su naturaleza o por las condiciones en que se desempeña. A esto debemos sumar a los niños y las niñas sometidos a las peores formas de trabajo infantil. Entre ellas se encuentran la esclavitud, el reclutamiento forzado, la prostitución, la trata, la venta de drogas, la obligación de realizar actividades ilegales o la exposición a cualquier tipo de peligros.

 

Diversos estudios internacionales refieren a la  necesidad que reviste el trabajo infantil para muchas familias pobres La contribución de los niños a los ingresos familiares puede ser importante, en particular en los hogares que confrontan la pobreza extrema y en especial aquellos hogares monoparentales liderados por mujeres. Muchos de los hogares no afectados por la pobreza serían pobres de no contar con el concurso laboral de sus miembros infantiles.

 

Aquí radica una segunda conexión entre los derechos de la niñez y los derechos de los trabajadores. Detrás de cada niño o niña trabajadora encontramos adultos en situación de pobreza, con trabajos precarios sin amparo de leyes laborales que garanticen sus derechos.

 

La precariedad del empleo, que afecta un alto porcentaje de hogares en la región compromete las capacidades de cuidado y crianza. El trabajo digno y legalmente regulado fortalece las posibilidades de ejercer en forma adecuada los roles adultos, entre ellos los referidos a la protección, supervisión y orientación de los niños y niñas.

Última modificación: 04/08/2019